¿Por qué cada vez parece más difícil construir vínculos duraderos?

Pasé de una relación no monógama a vincularme con alguien profundamente tradicional. Esto fue lo que aprendí.

Voy a empezar con una advertencia: este no es un artículo para decirte cuál es el mejor modelo relacional. No tengo esa respuesta.

Lo que vas a leer nace de una experiencia profundamente personal. Sí, citaré algunos datos y estudios cuando sean relevantes, pero este texto no pretende ser una verdad absoluta. Es, simplemente, el intento de ordenar las preguntas que me quedaron después de vivir dos formas muy distintas de entender el amor.

Porque si algo he descubierto trabajando durante años alrededor de la sexualidad es que todos tenemos opiniones sobre cómo deberían amar los demás. Y quizá ese sea justamente el problema.

Vivimos en una época en la que hablamos del amor y sexo todo el tiempo. Hay podcasts, libros, terapeutas, sexólogos, coaches, influencers y cientos de personas intentando responder la misma pregunta: ¿cómo se construye una relación feliz?
Nunca antes habíamos tenido tanta información sobre vínculos, comunicación, placer, apego o responsabilidad afectiva. Y, sin embargo, muchas veces pareciera que construir una relación estable se siente más difícil que nunca.

Entonces aparecen las preguntas.

¿Las personas ya no quieren comprometerse? ¿Los modelos tradicionales fracasaron? ¿Las relaciones abiertas son el futuro? ¿Quién tiene razón?

Cuando observamos los datos, encontramos algo interesante.

En gran parte de Occidente, la tasa de matrimonios ha disminuido entre un 30 % y un 60 %, dependiendo del país y del período que se compare. A primera vista parece una cifra alarmante. Pero hay un detalle importante: el descenso de los matrimonios no significa necesariamente que las personas hayan dejado de construir vínculos. Hoy existen muchas más parejas que conviven sin casarse y también es común que las personas decidan formalizar su relación mucho más tarde que generaciones anteriores. En otras palabras, los modelos cambiaron.
La necesidad de vincularnos no. Porque, nos guste o no, seguimos siendo seres profundamente sociales. Seguimos buscando compañía, intimidad, deseo, cuidado y pertenencia. Eso permanece, aunque cambien las formas.

Quise empezar con este dato porque intento escribir desde un lugar lo más neutral posible. Y eso no es sencillo.

Hoy pareciera que cualquier conversación sobre relaciones termina convirtiéndose en una guerra cultural. O estás del lado de lo “tradicional”, o estás del lado de lo “progresista”. Como si no existiera nada entre esos dos extremos.
En los últimos años hemos visto resurgir discursos que reivindican los modelos tradicionales de pareja y familia. Y creo que vale la pena preguntarse por qué tantas personas sienten que quieren volver allí. Tal vez porque esos modelos, con todas sus limitaciones, ofrecían algo que hoy muchas personas sienten que escasea: estabilidad.
En una época marcada por la incertidumbre económica, el costo de la vivienda, la precariedad laboral y la sensación constante de cambio, la idea de una pareja estable, un hogar y un proyecto compartido resulta profundamente atractiva.
También influye algo muy humano: nuestra tendencia a romantizar el pasado. Solemos pensar que antes todo funcionaba mejor, aunque muchas veces olvidamos los problemas que también existían.

Y aquí aparece una conversación incómoda.

Reconocer que muchas personas encuentran bienestar en un modelo tradicional no significa ignorar que esos mismos modelos también estuvieron atravesados por desigualdades de género, discriminación hacia las personas LGBTIQ+, limitaciones para las mujeres y muchas otras formas de exclusión. Ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo. Negar cualquiera de las dos empobrece la conversación.

Ahora sí, el chisme que dio origen a este artículo.

Hace poco empecé a salir con alguien profundamente tradicional. Y cuando digo tradicional, hablo de alguien que realmente cree en formar una familia, casarse, tener hijos y construir toda su vida alrededor de esa decisión. Lo curioso es que yo llevo años dedicándome profesionalmente a hablar de sexualidad, diversidad y cuestionar muchos de esos modelos.
Imagínense la escena. Era como ver al Capitán América enamorándose de Gatúbela. Él representa el orden, la estructura, la familia y los valores clásicos. Y yo soy mucho más irreverente, cuestionadora y poco convencional.

Sobre el papel, teníamos muchas más razones para no estar juntos que para intentarlo y aunque efectivamente la relacion no pudo continuar y por eso estoy escribiendo este articulo, fue una experiencia que me enseño muchisimo y que me hizo cuestinar mas de lo que algun dia pense. Porque descubrí algo que parece obvio, pero que a veces olvidamos: ninguno de los dos estaba equivocado. Simplemente veíamos el mundo desde lugares distintos.

Durante mucho tiempo había asociado ciertas actitudes masculinas con estructuras de poder que quería cuestionar y lo que él llamaba “energía masculina” para mi era simplemente un nueva forma de perpetuar roles de genero. 

Pero al vivir esa relación y ser parte del rol de genero también aprendí otra cosa.

Aprendí a recibir cuidado. A dejarme atender. A descansar. A sentir que alguien quería protegerme. Y no, disfrutar de eso no me hizo menos crítica, simplemente me recordó que recibir también puede ser una forma de amor y que a veces esos roles de genero que tanto se cuestionan tambien tienen cosas positivas. 

Estoy convencida de que, cuando él encuentre a alguien que quiera construir ese proyecto de vida, será un gran esposo y un gran padre. No porque ese sea el único camino correcto. Sino porque es el camino que él desea. Y merece el mismo respeto y felicidad que cualquier otro.

Pero aquí quiero hacer una pausa importante. Que yo haya comprendido mejor una mirada tradicional no significa que quiera renunciar a los avances sociales que hemos conseguido. Todo lo contrario.

Si hoy puedo elegir cómo quiero vivir mis relaciones es precisamente porque otras personas lucharon durante décadas para ampliar nuestras libertades. Los derechos sexuales y reproductivos, el acceso a métodos anticonceptivos, el reconocimiento de las personas LGBTIQ+, los avances en igualdad de género y la protección frente a la discriminación no aparecieron por casualidad.
Fueron conquistas sociales. Y son fundamentales.

Por ejemplo, la evidencia muestra que el acceso a la píldora anticonceptiva permitió que millones de mujeres pudieran decidir cuándo tener hijos, continuar sus estudios, incorporarse al mercado laboral y mejorar sus ingresos, con efectos positivos sobre la reducción de la pobreza en múltiples contextos. De la misma manera, diversos estudios han encontrado que las sociedades que protegen los derechos de las personas LGBTIQ+ presentan mejores indicadores de salud mental, menor discriminación y un mayor aprovechamiento del talento de toda su población.

Por eso creo que la conversación nunca debería consistir en regresar al pasado. La verdadera pregunta es otra. ¿Cómo construimos modelos relacionales donde exista más libertad, más responsabilidad y más equidad?

Después de muchos años trabajando en sexualidad, he conocido personas de todas las orientaciones, identidades y formas de vincularse. Para mí, el género o la orientación sexual dejaron hace mucho de ser una característica que define el valor de alguien.

Y gracias a esa perspectiva he vivido relaciones monógamas y ahora la segunda parte del chisme, también una relación no monógama que transformó profundamente mi manera de entender el amor y que duro años al punto de ayudarme a construir gran parte del ser que soy hoy.
Y aquí viene otro spoiler. Esa relación tampoco funcionó.
No porque la no monogamia esté mal. Simplemente porque descubrí algo sobre mí. Como dice un amigo: “soy muy gay para los heteros y muy hetero para los gays”. Yo diría algo parecido. Soy demasiado monógama para algunas relaciones no monógamas. Y demasiado poco convencional para algunas relaciones monógamas.

Quizá ahí entendí que ningún modelo puede reemplazar lo verdaderamente importante. La decisión de construir. Porque, al final, un vínculo no se sostiene únicamente por el tipo de acuerdo que tenga. Se sostiene por algo mucho más difícil. Elegirse una y otra vez.

No sé cómo terminarán mis relaciones, o como avanzaremos socialmente en los modelos relacionales. No sé si algún día me casaré. No sé si volveré a tener una relación no monógama. Y, sinceramente, tampoco sé cuál es el mejor modelo afectivo. Lo único que sé es que este camino me dejó una enseñanza enorme. La diversidad no consiste únicamente en aceptar distintas orientaciones sexuales o identidades de género.

También implica aceptar que existen distintas maneras de amar.

Que alguien quiera una familia tradicional no lo convierte automáticamente en una persona opresora. Que alguien quiera vivir una relación abierta tampoco significa que sea incapaz de vincularse. Que alguien decida no tener vínculos también es valido, o que tu modelo familiar sea tus amigxs.
Quizá el verdadero reto no sea encontrar un único modelo que funcione para todos. Quizá el reto sea aprender a convivir con la diferencia sin sentir la necesidad de convertir al otro. Porque, al final, la diversidad también consiste en reconocer que hay muchas formas válidas de construir una vida.

Camila Aleans


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